JESUS ABEL BLANCO, UN ILUSTRE HOMBRE DE PUEBLO
Escribe: Guillermo Blanco
Fue un sábado del 2000 por la mañana, cuando las puertas del despacho municipal se abrieron y el Intendente hizo un alto en su cotidiana tarea para darle la bienvenida a la ciudad al eximio músico popular Jaime Torres, quien por la noche actuaría llevado por el municipio, con entradas muy accesibles para jubilados y estudiantes.
-Buenos días, no deja de ser asombroso ver a un Intendente trabajando un sábado por la mañana, reflexionó ese referente del folklore nativo ante Jesús Abel Blanco.
Uno mira desde un costado y en un instante piensa sobre la dimensión de este hombre que ofrendó su vida por la gente de su lugar, y que tuvo tiempo para trascender durante sus tiempos de Luz y Fuerza y de diputado nacional, para llegar a la dimensión donde arriban tan pocos: la de estadista. Y que nunca perdió tiempo escuchando a aquellos que lo criticaron y con ignorancia o mala fe le endilgaron falta de amor por su pueblo al ser elegido para una banca en la Cámara baja con un bis que coronó con la fundación de Enarsa.
Falta de amor por su pueblo… a su terruño, para ser más exactos. Justo a él, que había visto a sus padres laburantes, inmigrantes españoles, que se arraigaron en 9 de Julio y sacaron adelante sus sueños a puro sacrificio: Papá Tito peón de campo, oriundo de Oviedo; mamá Manuela, una española de Zamora que murió pasando los 90 y con ella se llevó en sus manos la marca de la riendas del charré con el que supo repartir pan, sembrar la tierra e irradiar bondad en el barrio de Río Negro y Lagos. Justo a él, falta de amor al terruño. Si solo hace falta recordar algo de su historia para saber más de un hombre ilustre que se brindò a los demás.
Jesús Abel Blanco nació el 20 de agosto del 26 y por esa razón de inestabilidad que suele sufrir el pobrerío, anduvo con sus padres por varios lugares. Tenía dos años cuando nació su hermano Tito y ambos disfrutaron con dos hermanastras, Aurelia y Josefa, mayor que ambos y que hoy, como ellos, ya son recuerdo imperecedero.
Tenía apenas ocho años cuando la vida los llevó a un rancho con techo a dos aguas, cerca del cementerio, desde donde con zapatillas rotas y sueños sanos que con el tiempo elevó a la enésima potencia, venía al centro diariamente para la escuela. Caminando, con lluvia o frío, por esa tierra que más adelante se transformaría en pavimento y no por gracia divina, sino por el aporte que él y otros hicieron cuando les tocó gobernar elegidos por el pueblo. Y él tuvo ese bien ganado privilegio cuatro veces más una más, cuando la desidia militar le impidió asumir en el ’62.
Hizo la primaria pero la secundaria debió esperar hasta 1968. Un hombre de 42 años, que ya era una persona reconocida y querida en la comunidad, compartía con pibes de 17 el quinto año comercial de la escuela pública. En eso del estudio, los avatares de la vida y el tiempo dedicado a su vocación política, le impidieron terminar abogacía, cuando también de grande viajaba a Buenos Aires en el ferrocarril Sarmiento, hasta que la asunción como intendente en el 73 le frenó la posibilidad de diploma. No obstante siempre ayudó a los estudiantes, de cualquier clase y color, con la sola condición de fortalecer la conciencia popular de cada uno de ellos, para que comprendieran el valor de estudiar y de volcar sus conocimientos para beneficio de los demás y no para enriquecimiento propio.
La vida de Jesús Abel Blanco merece ser conocida. Fue lavacopas en el hotel Central, mandadero, la realidad política durante su infancia no le ponía una alfombra roja a sus esperanzas. Tenía 15 años cuando se le ocurrió enviarle una carta a José López Pájaro, director de la revista La Cancha, y llegó a ser corresponsal de la misma de esa revista que competía con el Gráfico. Mamá Manuela le había regalado una pelota y un ejemplar de esa revista, en la que un aviso invitaba a ser una especie de colaborador del interior. Y a la vuelta del camino, pudo conocer a su creador, el padre del periodista Julio Ricardo, en la casa del pasaje La Nave del barrio porteño de Caballito. Tenía esas cosas Jesús. Nutrirse de sus propios recuerdos para tomar más impulso en su interminable camino de seguir ayudando a los demás, de seguir viajando, de 9 de Julio a La Plata, a Buenos Aires, a cada hospital donde tenía los contactos personales necesarios para poder internar a un nuevo necesitado sin dinero.
Fue por aquellos tiempos cuando la radio a Galena convocaba para que una alternativa política comenzara a vislumbrarse. Ese pibe nuevejuliense que no sabía para donde encaminar sus potencialidades políticas se sintió impactado por la voz del coronel Juan Perón, y desde entonces sintió que ese camino era el que debía tomar para canalizar todas sus aspiraciones, siempre en función de servir a la comunidad.
La vena de la oratoria, la que le ayudó tanto para que su palabra llegara al corazón del pueblo, también se desarrolló cuando a los 16 años escribió e interpretó una obra de teatro inspirada en el panadero Julián Pons, “Don Julián de las Mallorcas, el Mercachifles”, con debut a sala llena en el club Barrio Fuerte y repeticiones por los pueblos del partido.
También lo atrapó el fútbol como jugador, aunque por suerte para este deporte se lo llevó la política… Incluso fue fundador del club local Alumni, donde jugó de full back, puesto que cambió por el de insider derecho en la cuarta división de Atlético 9 de Julio, donde se había iniciado el recordado internacional argentino Carlos Izaguirre, integrante de la selección en la década del ’20. Y como si esto fuera poco, en el rubro llegó a ser ¡presidente de la Liga Nuevejuliense de Fútbol!. Y hasta fue poeta al hacer alusión a su querido club Juventud Unida, en septiembre de 1944, en versos varios de los cuales decían así:
AL CLUB DE MI BARRIO
¡Juventud!, ¡Juventud!
Es el grito de la hinchada
que a la brava muchachada
con rugidos de león
en mil luchas alentó
por honor a su barriada.
Los cuadros de la bandera
orgullosos flamearán,
gritos de triunfo se oirán
en jornadas venideras
porque hay fe verdadera
y mil ansias de triunfar.
Es mi voz como un mensaje
que les envía la hinchada
a la brava muchachada
que la alienta con coraje
por su club y en homenaje
de su insignia inmaculada.
Tenía una sensibilidad que fue volcando hacia lo social. Uno de sus compinches de la calle se llamaba Norman Moscato, convecino que luego tomaría un camino distinto para modelar su propio sentido solidario. Fue su adversario radical e incluso en la campaña pre electoral de 1973 el slogan del Frente Justicialista era: “Ni tinto ni Moscato, hay Blanco para rato”. Y no por casualidad sino por causalidad, la médica Cristina Moscato, hija del querido Norman, durante los últimos tramos de la vida de Jesús fue una ladera política y humana de gran valor. E incluso la que le cerró los ojos aquella triste mañana del martes 8 de abril último, a las 10.25, en el hogar de la calle San Juan, donde Blanco quiso recluirse en la intimidad de su familia para no mostrar su dolor físico. También había elegido ser velado en “su” cooperativa eléctrica, donde el desfile constante del pueblo lo despidió con ese reconocimiento que la vida le tiene reservado a quienes la honraron.
Así como él se largaba a escribir con su escasa cantidad de palabras, ya que la falta de escuela pública secundaria cuando chico le impidió crecer más, hubo sentires de la gente común que tan bien rescataban los payadores como Juan Pedro Carrizo y su discípulo Jorge Soccodato. Ambos titularon “A DON JESUS ABEL BLANCO”.Escribió en décimas el primero al agradecerle por la cesión de una casa para que desarrollara su actividad cultural:
Agradezco al intendente
por esa resolución
que le pone solución
a mi interés más urgente
Deseo y busco un ambiente
que me permita vivir
de acuerdo con mi sentir
y también con mi pensar
para poder conversar disfrutar
de mi amor por escribir.
No existe nada mejor
en este terráqueo mundo
que el cariño más profundo
del más familiar amor.
Y usted que es un defensor
de esa sensible faceta
la habrá de ver bien concreta
como un hecho de admirarse…
cuando pueda inaugurarse
la casa de este poeta.
Y ese otro gran referente de esa especialidad comunicativa tan difícil como la improvisación y el verso sentido que es Jorge Soccodato -tan nuevejuliense como Blanco-, le dedicó estos versos que aportan aún más a la idea de la dimensión humana del hombre al que se homenajea.
A quien entiende el mensaje
del verso, hecho libre canto,
a quien aprecia del arte
la poesía, como el teatro.
A quien rigió tantas veces
los destinos de mi pago
siempre poniéndole el pecho
al dolor del proletario.
Al político de raza
a don Jesús Abel Blanco
pero ante todo al amigo,
al del gesto solidario
que cuando murió mi madre
me vino a dar un abrazo
por entender mis andanzas,
por valorar lo que hago.
Andando con su sobrino
en territorio uruguayo
se me ocurrió traerle un mate
a don Jesús Abel Blanco.
Me lo imagino un domingo
en el calor de su rancho
preparando un cimarrón
para entibiarse las manos
y pa’ calentarse el buche
con el sabor de un amargo
luciendo el humilde mate
que el payador Soccodato
le trajo del Uruguay
a don Jesús Abel Blanco.
Ante de ingresar a la que sin saberlo sería el comienzo de su actividad sindical y política (la Usina Eléctrica Popular que presidía Germán Camou), llegó a querer ser émulo del campeón Isaías González y se hizo boxeador en el Bowing Club, adonde también asistía Arturo Ares, antecesor de fuste en el peronismo provincial bonaerense.
Cualquier actividad popular sana siempre lo tuvo de aliado. Fundamentalmente en el campo social. Llegó a trascender en el importante gremio de Luz y Fuerza, y al irse de la municipalidad el comisionado Juan Carlos Sendoya, éste es reemplazado por su jefe en la Usina Eléctrica, quien se lo lleva para hacer sus primeros palotes.
Y como un potro desenfrenado, su carrera política nace y crece. En el 46, en plena algarabía peronista, Mario Castro es elegido intendente, el bancario Héctor Baldomiro secretario y Jesús Abel Blanco subsecretario. Allí la sensibilidad de un médico de apellido Domenech, quien venía de la Capital Federal, lo marcó por su sensibilidad y sus amor por la causas populares.
Desde otro ángulo, seguía aprendiendo para conformar su propio yo, siempre bajo las banderas del justicialismo, embarrándose cuando había que hacerlo, pero volviendo al camino con convicción como cuando manejaba su Ford A con capota blanca, o el NSU Prinz con el que llegó a a volcar cerca de “La chanchería de García” cerca de Olascoaga, en el partido de Bragado, viniendo de una reunión gremial en de Mercedes. Fue en la misma ruta 5 donde mucho después dejarían la vida sus compañeros Martín Callegaro, padre hijo, senador y futuro intendente
No había tiempo para el ocio ni para demasiados tiempos personales. En realidad, esto sería una constante durante toda su vida. Acaso era como una religión ir cada día a darle un beso a su madre, una de las pocas cosas íntimas que se permitía, además de cuidar de sus dos retoños, Alicia Manuela y Liliana , y a Alicia Isturiz, su esposa desde 1953 hasta la última de sus mañanas, el 8 de marzo de este 2008 cuando un pueblo y mucho más se enteró de su partida. En la pared de su casa, la foto de él y su familia con el Papa Juan Pablo II era como un símbolo de todo.
Fue también una especie de biógrafo de su comunidad. En 2001 hubo un gran homenaje al legendario automovilista José Froilán González, piloto del primer triunfo de la Ferrari en la historia de la Formula 1, quien en sus comienzos había corrido en la Fuerza Limitada con duna máquina de 9 de Julio. Froilán recordó cuando practicaba por las calles de tierra y Blanco le comentó que él siempre iba a verlo, se paraba en la esquina de Vedia y Río Negro y gozaba con eso. Eran los tiempos en el que el club San Martín organizaba las carreras, como predecesor del autódromo municipal al que él tanto haría para mantenerlo en actividad luchando contra difíciles intereses. Para casi todo tenía una vivencia propia, y esa virtud lo hacía más grande aún porque hablaba con propiedad.
La historia posterior es una constante muestra del desarrollo de un hombre a quien, como a otros tantos vocacionales de la vida pública, los cortó de cuajo la costumbre de golpes militares en la Argentina. No obstante eso, siempre mantuvo una línea inclaudicable de conducta y llegó a vender jeans cuando apareció con sus garras el exterminador golpe del ’76. Más acá en el tiempo fueron llegando nietos y bisnietos, pero nada puso freno a su pasión política. Quien quiera saber, sabe todo lo que ha construido en política, con una dimensión de estadista a la que no es fácil acceder.
Y como alguna vez escribió Joan Manuel Serrat, supo que cuatro palos tiene la baraja (sin haber sido nunca amigo del naipe), que nunca muere aquello que se pierde (acaso las últimas elecciones municipales), que la marea sube y luego baja (una constante en su prédica consejera a los más jóvenes). Y que no hay que confundir valor y precio, y que un manjar puede ser cualquier bocado. Aunque el final podría ser cambiado entre todos y donde dice “no es que no vuelva porque me he olvidado, es que perdí el camino del regreso”, habría que encontrarle la rima a la idea de que vos, Jesús Abel Blanco, no perdiste ningún camino de regreso. Acaso sean otros los que no lo reencuentran y aceptando tu ejemplo tal vez vean la luz.